“Entrar en la sala donde hacíamos rehabilitación con el Papa San Juan Pablo II era como entrar en un lugar sagrado”

Jone Echarri Marculeta es una fisioterapeuta jubilada que trabajó durante 10 años en el Hospital Beata María Ana. Tras su paso por nuestro centro, diferentes circunstancias de la vida hicieron que, durante cinco años, se convirtiera en la fisioterapeuta personal del Papa San Juan Pablo II. En la siguiente entrevista, Jone nos cuenta su experiencia tanto en su trabajo en el hospital como en la Santa Sede, y hace un repaso por las diferencias que ha encontrado al volver a nuestro hospital después de tantos años.

¿En qué año comenzó a trabajar en el Hospital Beata María Ana?

Empecé en 1979. Acababa de terminar mi carrera y fue mi primer destino profesional. El hospital lo habían reconstruido y la primera impresión que me dio es que era tan bello… parecía más un hotel que un hospital. El primer paciente que me tocó atender era una persona joven con ictus y me encontré ante un reto enorme. Me informé de dónde y cómo podía ayudarle, puesto que en España llevábamos cierto retraso en el ámbito de la fisioterapia, y me dijeron que el sitio donde mejor trataban este tipo de patologías era en la clínica Bobath de Londres.

Viajé allí y a la vuelta me entrevisté con Sor Mª Luisa Lizarrondo y Sor Milagrosa, Superiora y Responsable de Rehabilitación. En esa conversación les dije que lo que había visto me había impresionado y enseguida entendieron que debíamos aprender de ellos. De esta forma, nos pusimos en contacto con los fisioterapeutas de la clínica Bobath y organizamos un curso de 3 semanas en España, en nuestro hospital, con teoría y práctica con pacientes. Ahí es donde empezó la aventura de la nueva fisioterapia en el Hospital Beata María Ana.

¿Qué hermanas estaban por aquel entonces en el Hospital?

Con la que más relación tenía es con Sor Milagrosa que es la que coordinaba el gimnasio.

¿Durante cuántos años estuvo trabajando en el Hospital Beata?

Estuve trabajando en este hospital durante 10 años, de 1979 a 1989. Fueron unos años felicísimos. Nos encontramos con muchos retos: el más importante, nuestro propio aprendizaje. Algunas cosas eran muy nuevas, pero tengo muy presente, aún hoy, el ánimo que nos dábamos entre nosotras para adentrarnos en esos conocimientos nuevos, porque teníamos claro un objetivo: el bienestar del paciente.

 ¿Cuáles son las diferencias que más le han llamado la atención con respecto al hospital actual y el que usted conoció?

He visto un hospital precioso, super renovado, con instalaciones muy acogedoras y muy adecuadas a la medida de la humanidad del hombre, que no se ve en otros hospitales. Me ha llamado la atención que, en la planta de rehabilitación, la mayor parte de los trabajadores tienen una forma de ser que dan ternura. Uno se siente tratado con una gran dignidad. Por poner un pero, las habitaciones recomendaría hacerlas más grandes.

Usted rehabilitó al Papa Juan Pablo II, ¿nos puede contar cómo fue la experiencia?

Mi marido y yo nos fuimos a vivir Roma en noviembre de 1997. En el mes de diciembre de ese año, el secretario personal de Su Santidad me invitó a una misa privada del papa. Ese día me propusieron tratarle de sus dolencias y acepté gustosamente el encargo, que se extendió durante 5 años.

Por la experiencia que yo tuve con él, puedo decir que era un hombre que imponía las primeras veces que lo veías, aunque no demasiado porque cuando Dios te elige para una tarea te da las cosas necesarias para cumplirlas. Él enseguida me dio confianza y yo me sentía la persona más importante del mundo durante las sesiones de rehabilitación. Te hacía sentir especial.

Se veía en él que la familiaridad con Cristo era tan cercana, tan evidente, que también para mi, entrar en esa sala, era como entrar en un lugar sagrado, donde la presencia de Cristo se hacía palpable. Además, me di cuenta de que lo que vivía allí me servía para afrontar después la vida cotidiana de otra manera. Mi relación con el Papa cambió mi forma de ver y de vivir la vida. Es algo por lo que estoy enormemente agradecida.

Tendrá muchas anécdotas que contar sobre él…

Era un hombre muy campechano y gracioso, hacía chiste de muchas cosas. Como anécdota, me acuerdo que el día que cumplió 80 años yo le dije: “Santidad, qué barbaridad 80 años, qué vida!”, a lo que él me contestó: “Sí si, 80 años, pero todavía soy un varón peligroso”.

¿Qué destacaría del Hospital Beata de 2022?

Es muy distinto ver el hospital como profesional a verlo como paciente. A la entrada del hospital pone: APOSTAMOS POR LA ACOGIDA. El tiempo que he estado aquí, esa frase se ha cumplido totalmente gracias tanto a mi fisioterapeuta, Laura Cenalmor; a mi terapeuta ocupacional, Laura Pascual; así como a todo el personal de la planta de Rehabilitación. Antes de aquí he estado en otros dos hospitales y puedo decir por experiencia propia que no tienen nada que ver. Aquí se percibe y se siente que el trato profesional está impregnado por una experiencia de humanidad que las Hermanas Hospitalarias han transmitido y que hoy todavía se puede ver.

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